Postales desde la extinción
Néstor Delgado

Sawyer: So where are we?
Faraday: The most important question is 'when' are we.

Lost. J.J. Abrahams

Día 7: El turista que llega a esta Tierra Nueva desconoce sus límites, sus posibilidades. Ya ha ido constatando aquello que había imaginado con anterioridad: los olores, las luces, los colores...Lo único que sabe con seguridad es su retorno –o quizás se quede. Los límites vendrán dados por las rutas y espacios que haya contratado, aunque posiblemente y según sus deseos estas fronteras se expandan y conozca nuevas playas, islas e incluso estrellas. Espera comprender, al fin y al cabo, que los fenómenos locales son, en realidad, universales. Para él, ahora, la distancia crea mundos.

Día 6: Si nuestro turista considera estas vacaciones como eternas y este viaje como el viaje de su vida, el mundo podría ser un gran parque temático. O viceversa.

Día 5: Ciertas imágenes se conciben como prolegómenos de algo que está aún por pasar, como si se tratara de una cicatriz que se adelanta al accidente o una protección ante la contingencia de aquello que se venera o se teme. Antes del viaje las prefiguraciones son normalmente del primer tipo: estimulantes. Es decir, se venden en forma de postal y nos dicen “todo va salir bien”. Sin embargo, habiendo preparado al turista para el viaje de la Vida se hace inevitable que éste piense en su final y que, en momentos de angustia, lo que más necesite sea una imagen profiláctica de su propia extinción –para acabar, quizá, con la agonía de pensar constantemente en aviones que se estrellan, tsunamis que llegan a las costas del Pacífico o insectos que transmiten enfermedades tropicales. Porque nuestro protagonista no sólo desea las imágenes del paraíso, en el fondo, teme un indicio de su propia muerte.

Día 4: En la playa, tendido en la arena bocabajo, el turista construye entre sus brazos una representación microscópica de la caverna de Platón. Tocando con su nariz la arena, que a veces es tapada por un fragmento de toalla, consigue crear un pequeño refugio interior entre la piel y el suelo en el que está echado. Allí, donde salpica el reflejo del sol y entran algunas sombras, el turista imagina lo que realmente pasa en el mundo exterior. En estos juegos imagina que su mundo es inagotable porque para él todo le viene dado de manera mágica e incuestionable. Ahora, comprendemos que su gran parque temático sea una puesta en práctica de la idea platónica: el turista desconoce los mecanismos de las rápidas atracciones, de dónde vienen los cócteles que le sirven y el nombre de los empleados que le hacen la cama, sin embargo todo le viene dado como de la gracia de dios. El turista no tiene que pensar de dónde vienen las cosas, simplemente las toma teniendo fe en la inagotable generosidad de una abstracción exterior. El mundo está hecho a su medida y, como se ha dicho, es un gran parque temático.

Día 3: El paraíso resulta ser una ficción. Al fin y al cabo, siempre es un espacio pequeño contenido en un espacio mayor. Realmente, las instalaciones del hotel pueden cambiar de aspecto dependiendo de los espectáculos que se celebren dentro, pero siempre tendrán límite y eso el turista lo sabe. Por poner un ejemplo, el límite de nuestras instalaciones, la Tierra, podríamos decir que se sitúa en la difusa línea entre la atmósfera terrestre y el espacio exterior. Más allá de ahí todo queda fuera del dominio de la Tierra y del turista. Este mundo está delimitado: es una pequeña isla de un océano inmenso y aquel que nada en una piscina y se cree que está en un océano es un idiota.

Día 2: El turista se convierte en naufrago no cuando se desorienta dentro de las instalaciones, su espacio, sino cuando se despista de las coordenadas de su tiempo. No sólo se le hacen cortas las vacaciones, sino que no sabe en qué invertir su tiempo. El tiempo se convierte en su mayor enemigo, porque si ilusión era que el mundo fuese eterno, infinito y que los cocos y días de sol siempre estuviesen ahí para satisfacer sus necesidades, no le quedará más remedio que conocer el desencanto. Incluso los dioses

Día 1: El turista vuelve a casa. En el tiempo que ha estado de vacaciones se ha mentido seriamente sobre el sentido de su existencia. Para él, esta es una historia cíclica, tanto como las temporadas vacacionales. Por ello, su estancia a través de las cosas y la vida ha sido pasajera y despreocupada, porque piensa que los tiempos van y vienen. Sin embargo, cada último día de las vacaciones se pregunta en qué punto de la Hisotria está ¿es tan difícil no percibir un final cuando el paisaje que él cree inmenso se agota y consume? Pero no se atreve a formularse tan siquiera la pregunta. Probablemente, ésta, impertinente, vendrá dada de manera ahogada, cuando uno de los fregasuelos del hotel se levante y grite: ¿Cuándo se acabará todo esto?

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¿Raúl Artiles nos manda postales desde el Katrina y dice que estamos de vacaciones?

El sentimiento que tiene alguien que vive en un destino turístico es el que puede tener un figurante en un parque de atracciones: su mundo no le pertenece. Aunque, a decir verdad, esto pase en cualquier lugar y existan soluciones evasivas para esta sensación –ser turista en otras ciudades –, hay ciertamente dos posiciones en el asunto: la del que está de paso y la del que se queda. La primera posición es, obviamente, la del turista y las mitologías que crea Raúl Artiles para referirse a su mundo derivan de la segundas. Sus imágenes vienen, pues, del imaginario que lo rodea y, a su vez, están fundadas en la concepción del mundo como un gran parque de atracciones. Por ello, su personaje, su modelo, es el visitante de una Disneylandia gigante que, ciertamente, ha transformado cualquier lugar a semejanza a todos los lugares.

Para empezar, el turista que nos muestra no es para nada un ser modélico, más bien, su presentación revela un patetismo indudable. Dentro del paisaje estos seres humanos no son más que manchas acostadas en la arena, criaturas despersonalizadas a la merced de la naturaleza. Esta representación de los turistas se podría asemejar a los grupos de iguanas que descansan a merced del clima en las orillas de las Galápagos, salvo que, antagónicamente, los personajes de los dibujos parecen enfrentarse a una extinción que les arranca cualquier esperanza evolutiva. Los paisajes donde deambulan estos náufragos son, de hecho, atmósferas que se mueven entre el incidente y la placidez, una dilatada calma antes/después de la tormenta. Ningún indicio histórico, salvo las heráldicas tropicales de las toallas, coloca a estos personajes en una época/lugar determinados, quizá sí en una réplica del paraíso: un lugar que no atiende ninguna coordenada temporal.

Obviamente, Raúl Artiles esconde en sus imágenes una crítica irónica a su entorno y a su época. En su recreación distópica del paraíso se difumina la sensación de despiste de alguien que vive en un largo periodo cultural “post” –o con cualquier otro prefijo. Es decir, el desencanto del que pensaba que” post” significaba más allá y, por tanto, progreso. Contrariamente, el paréntesis cultural que ha supuesto el post-modernismo ha sesgado la definición de una época que, máxime, se ha caracterizado por ser la conversión del mundo en mercado y que, como bien sabemos, sólo nos ha dejado déficit. Con sorna, pareciera que ahora “post” signifique nuestra expulsión del paraíso, el ocaso de la sociedad del bienestar y sus ecosistemas de privilegio.

En este sentido, los monigotes turísticos de Raúl Artiles caricaturizan la decadencia de la utopía capitalista –aquella que creía en la infinitud de los recursos y el neoliberalismo económico. Por otra parte, nos plantea un panorama que es el síncope de una sociedad que vive en el palacio de cristal y el hombre del tiempo anuncia tormentas para mañana. En este sentido, quizá el paisaje romántico de una especie que se comporta como plaga, como parásito capaz de destruir el organismo que lo sustenta, sea el presagio del colapso y venganza natural como venganza divina –el tsunami de Japón, por poner un ejemplo reciente. Por ahora Raúl Artiles nos dirige la mirada hacia un rumbo ballardiano, plagado de hoteles en ruinas y decadencia occidental. Y sólo queda preguntarnos en qué lugar de la historia estamos, ¿a cuánto estamos del límite?

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