La negra sombra de Raúl Artiles

Un agujero negro. Nada más.
David Barro.

Como una suerte de huracán capaz de tragarse todo. El futuro y el pasado. Algo así como la última imagen antes del impacto del accidente, que no es más que una secuencia de imágenes. Lo que propone Raúl Artiles es como la noche, algo que no conoce ni el tiempo ni el espacio. Pero lo hace a partir del paisaje de la historia, de una geografía que ha dado forma a nuestra cultura, que aquí se descontextualiza, se desnaturaliza. Ese paisaje nos ha dado las mejores imágenes, las más irrenunciables miradas. El mar es de los naufragios, de las esculturas corroídas por el tiempo, de las ciudades sumergidas, de los ahogados. El mar es una suerte de ombligo. Aunque este metafórico agujero negro que conforma Raúl Artiles es una naturaleza precipitada, que se abisma aún cuando desea permanecer.

Pienso en el cuadro Ángelus Novus de Paul Klee y en cómo lo describe Walter Benjamin: “En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irremediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”. Ese huracán es, sin duda, una suerte de abismo contemporáneo. En este caso, un conjunto de signos, de marcas, de heridas. Porque en el dibujo expandido de Raúl Artiles el tiempo discurre ciego, en el instante justo antes de la desaparición.

Como espectadores hemos de dejarnos llevar por la imagen, caernos en ella como quien se pierde en las profundidades de un haiku. Es la imagen como campo abismado, como revelación imposible aún siendo reconocible. Son lugares donde opera la ausencia, imágenes que abrazan el sentido de pérdida al que se refiere Georges Didi-Huberman cuando señala que ver es sentir que algo se nos escapa ineluctablemente, en otras palabras, cuando ver es perder. Es como si las formas únicamente creciesen hacia su extinción. Como si cualquier forma de acercamiento significa efectivamente un alejamiento. Todo se figura y se desfigura. Es la conciencia de un tiempo último, sin regreso. Benjamin lo llamó "carácter destructivo". Así, el saturado paisaje físico se funde con la asfixia del paisaje mental. Sometidos por la imagen nos encogemos como si estuviésemos desnudos en la helada. Sobrecogidos por el vértigo, emergen las primeras preguntas sin respuesta, como si llegásemos a una frontera, la verdadera patria del ser humano. Esta frontera con forma de umbral vertiginoso es un lugar de atracción, de curiosidad temeraria. Un estado intersticial donde intuimos que algo va a pasar. Es una zona borrosa, de contornos huidizos. Algunas imágenes de Raúl Artiles, de esculturas clásicas o de unas colchonetas, no hacen sino reforzar el enigma, la sensación de inseguridad sinónimo de un mundo que se ha vuelto decepcionante, pesado, insoportable, al tiempo que portador de una belleza inconmensurable.

Raúl Artiles se acerca así al artista romántico, a ese que reconoce la belleza en las piedras antiguas independientemente de sus mutilaciones. Pero también a artistas contemporáneos como Gerhardt Richter o Luc Tuymans, o más próximo Alain Urrutia, artistas que caminan hacia la disolución de la imagen. Estos, como muchos otros, han luchado por representar lo irrepresentable a través de la borrosidad, velando la imagen. La memoria, individual y colectiva, y sus dificultades de aprehensión justifican esa reducción de la gama y de la visibilidad. Raúl Artiles enfatiza esa sensación al dibujar con carboncillo, como si tratase de agredir el papel, como si fuese un grabado en un pupitre, o el gesto de arar suavemente la tierra. Marguerite Yourcenar describió cómo a partir del primer paso de la escultura como bloque a la forma humana se pasa a una segunda etapa de conservación o desgaste. Porque toda imagen permanece en el tiempo, como esos fragmentos de historias, cascadas y torbellinos de Raúl Artiles. O su David decapitado, que nos recuerda eso que señala Yourcenar que si nuestros padres restauraban las estatuas, nosotros les quitamos su nariz y sus prótesis, pero nuestros descendientes, a su vez, harán probablemente otra cosa.

Ante las obras de Raúl Artiles experimentamos un tiempo de espera que nos conduce a eso que Bergson denominará "percepciones extensivas". Porque más que espera, nos sumerge en un estado de suspensión involuntaria. Pienso en Materia y memoria de Bergson, y en cómo este defiende que las cosas no son en sí mismas sino que se tornan visibles según se vean, o más concretamente desde la posición de quien las observa. Porque ante este despliegue de obras de Raúl Artiles en el CAAM, una suerte de obra total, no acertamos a saber si estamos en medio de una revelación o de un ocaso. El acontecimiento se torna inmenso y hay que abandonarse a esa idea rilkiana de dejar que todo suceda. Se trata de conseguir la capacidad suficiente para volver a pensar nuestro propio entorno, una catástrofe que nos atrapa como el laberinto sin paredes que propuso Gordon Matta-Clark, una complejidad que no tuviera que ver con una geometría, con un simple recinto o lugar cerrado, ni con unas barreras, sino con la creación de alternativas que sean contraproducentes. Es la imagen como experiencia, a medio camino entre el extrañamiento y la pertenencia.

Raúl Artiles destila imágenes que generan un conflicto. Es la mirada como salto infinito, como misterio. El paisaje, aún abierto, resulta impenetrable, inaccesible. Como en el romanticismo, la imaginación es el único intermediario. Lo señaló Edmund Burke: “En la naturaleza las imágenes sombrías, confusas e inciertas tienen un mayor poder para suscitar en la imaginación grandes pasiones que aquellas que son claras y límpidas”. Pero si de algo hablamos es de una escisión entre lo que es, lo que el artista nos deja ver y lo que nosotros vemos. Como en un poema, que ha de seguir abierto a nuevas posibilidades de sentido. Escritores como José Ángel Valente señalan que en el poema la propuesta del enigma siempre se mantiene. Ahí reside la vida o la pervivencia del poema, en su inagotable capacidad de incitación. Como en estas imágenes, en las que tiembla lo posible.

Hablamos de poesía, de pintura, de dibujo, pero también de resistencia. Si un naufragio como La balsa de la Medusa de Géricault es considerado por muchos la primera obra de arte de sentido político, no debemos rechazar como irónica la presentación de unas colchonetas a modo de bote salvavidas o precario modo de transporte de una sociedad contemporánea débil y desorientada. Pienso entonces en el perro semihundido de Goya, pero sobre todo en William Turner, en Caspar David Friedrich, en John Martin, en Karl Blechen, en definitiva, en el paisaje trágico del Romanticismo y en esa desmesurada escisión entre hombre y naturaleza que se nos propone. La inmensidad siempre ha sido una causa de nostalgia, una suerte de vacío, de la grandeza perdida que retorna como forma de angustia. Y a todo ello, Raúl Artiles le suprime el color, para primar el dibujo como escritura de la memoria, como desorden de lo concreto, como desnaturalización.

Resulta curioso que cuando vuelvo, otra vez, sobre las imágenes de Raúl Artiles, me siento todavía incapaz de encontrar una posición estable, cualquier atisbo de seguridad. En sus Diarios Tarkovski apunta que no habría podido vivir sabiendo lo que la vida tenía guardado para él porque la vida perdería el sentido. Para Tarkovski todo está ajustado de tal manera que hace que nuestro conocimiento sea incompleto para no profanar la infinidad. Como en los trabajos de Raúl Artiles el sentido es la inminencia de una revelación que no acaba de producirse. Pienso, también, en las sedimentaciones y coloraciones degradadas de las fotografías de montañas encantadas de Antonioni, quien asimismo se aproximó de Rothko y sus juegos de opuestos marcados o divididos por la línea del horizonte. Son imágenes entre lo topológico y lo psíquico, capaces de contener la amplitud y el espesor del cielo y la tierra, o del mar. El propio Rothko confesó no haber olvidado nunca una sensación, la que le produjo la aparición de un coche a modo de pequeña mancha en un paisaje vacío cubierto de niebla. Desde entonces sus cuadros se extienden mentalmente más allá de la tela, se resuelven desde una óptica mucho más emocional.

Más allá de su incuestionable capacidad técnica para generar imágenes, me siento fascinado por la manera que tiene Raúl Artiles de convocar el misterio. Todas estas imágenes se resuelven desde lo silencioso, desde cierta calma que acompaña a la tormenta. Hay tensión y relajación al mismo tiempo. Algo así como si el acontecimiento estuviese a punto de desencadenarse. Lo pictórico del paisaje se lleva a una situación límite. La mirada, nuestra mirada, traduce así una suerte de vértigo o abismo que se apodera de la experiencia, que la fragmenta. Se genera una situación especular, un dominio de lo indiscernible, un primer efecto de ceguera que nos recuerda que, como señaló Duchamp, el artista no es el único que consuma el acto creador y resulta necesario que el espectador establezca el contacto de la obra con el mundo exterior, descifrando e interpretando sus profundas calificaciones para añadir entonces su propia contribución al proceso creativo.

La de Raúl Artiles es una exaltación de la ruina ruinosa, de esa que pierde la batalla, la de la memoria. Es el producto del resto que resta, que permanece, que resiste. Porque como señala Jacques Derrida en Mémoire d’aveugle, "la ruina no está ante nosotros, no es ni un espectáculo ni un objeto de amor. Es la experiencia misma: ni el fragmento abandonado pero todavía monumental de una totalidad, ni siquiera, como pensaba Benjamin, un tema de la cultura barroca. No es un tema, justamente, arruina el tema, la posición, la presentación o la representación de cualquier cosa. Ruina: más bien esa memoria abierta como un ojo o el boquete de una órbita huesuda que nos deja ver sin mostrarnos nada en absoluto/del todo [rien du tout]. Para no mostrarnos nada en absoluto/del todo. ‘Para’ no mostrar nada del todo, es decir a la vez porque la ruina no muestra nada en absoluto/del todo y con vistas a no mostrar nada en absoluto/del todo. Nada de la totalidad que no se abra, se perfore o se agujeree de inmediato".

Parece inevitable referirse a cómo las imágenes de Raúl Artiles podrían ilustrar las palabras de Edgar Allan Poe en Un descenso al Maelström: “El sonido se escucha a muchas leguas, y los vórtices o abismos son de tal tamaño y profundidad que si un navío es atraído por ellos se ve tragado irremisiblemente y arrastrado a la profundidad, donde se hace pedazos contra las rocas; cuando el agua se sosiega, los pedazos del buque asoman a la superficie”. Porque son algo así como dibujos descentrados, turbulentos, de belleza convulsa; un mundo barroco que como advirtió Deleuze, no es un arte de las estructuras sino de las texturas, una proliferación de pliegues; un mundo de capturas más que de clausuras. Sería algo así como intentar plegar, desplegar y replegar la imagen, un modo de jugar con márgenes y los fragmentos, con desórdenes y perversiones, hasta llegar a un interesante estado de ‘suspensión’.

En las obras de Raúl Artiles la dimensión es pictórica y el espacio intermedio. No se trata de mirar la imagen, sino a través de ella. Entiendo que todo es una cuestión de tiempo, de aprender a demorarse en una obra dejando que la imagen despliegue su riqueza. Gadamer lo llama verweilen, una espera sin prisa que revelará las interioridades de la obra. La mirada del observador determina la subjetividad del objeto y la realidad es duración en el sentido otorgado por Bergson cuando señala que las cosas son abstracciones de la realidad al igual que las representaciones son abstracciones de las cosas.

Como si las imágenes tuviesen un sonido capaz de estirar el tiempo. Al fin y al cabo, el agua siempre insinúa un sonido y enfatiza el deseo de transformación, de proceso o fluencia que resulta clave para Raúl Artiles. Funcionaría así la teoría de Michel Serres, quien señala que la historia de la ciencia está sometida a la turbulencia, es decir, está sujeta a conexiones aleatorias de todo tipo entre diversas áreas. Si la ciencia avanza a partir de lo impredecible e inesperado, Serres desafía al buen sentido y a la rígida ordenación convencional para proponer el desorden de la poesía, es decir, el azar y la excepción. Lo señala con acierto Giovanni Anselmo: "Yo, el mundo, las cosas, la vida, somos situaciones de energía y lo importante es precisamente no cristalizar estas situaciones, sino mantenerlas abiertas y vivas en función de nuestro vivir".

En esta lógica de abrir los significados de la imagen es donde se esconde la indudable postura crítica de Raúl Artiles. Lo señala bien Néstor Delgado a propósito de series anteriores del artista: "El sentimiento que tiene alguien que vive en un destino turístico es el que puede tener un figurante en un parque de atracciones: su mundo no le pertenece". Raúl Artiles ha sabido interpretar esa sensación de desposesión desde lo aparentemente frívolo y con gran dominio del oficio de la pintura y del dibujo, asumiendo el mundo del souvenir y la carga simbólica de las piscinas o las palmeras, así como lugares de recreo como toboganes. "Sus imágenes vienen, pues, del imaginario que lo rodea y, a su vez, están fundadas en la concepción del mundo como un gran parque de atracciones", señalará Néstor Delgado.

Si el turista está despersonalizado y el personaje en el paisaje no es nada más que una mancha de pintura, entenderemos que el tiempo de este naufragio de lo singular se asemeje al otro tiempo que se vive en una prisión. Como señala Michael Hardt el tiempo en prisión se estira y se colapsa en una especie de ilusión óptica. Se mueve al ritmo de un caracol y el día es interminable. "Miras esa mosca en la pared y sus movimientos parecen infinitamente lentos. La comida parece no llegar nunca, sin embargo cuando recuerdas esos días desde la distancia parecen indistinguibles. Se pliegan unos sobre otros como el fuelle de un acordeón. El tiempo utilizado parece no tener duración, la precisa repetición de sus componentes, la homogeneidad y la falta de novedad le quitan sustancia. El tiempo de prisión carece del azar, es tiempo predestinado. Nada es impredecible. Todo está planeado de antemano por un poder superior. Las variadas manos de las autoridades penitenciarias parecen darle concreción a la mano todopoderosa del destino que mueve al preso a través del camino programado de la sentencia. Los presos tratan en vano de aferrarse a este tiempo volátil y efímero dotándolo de alguna sustancia o concreción aunque sólo sea simbólicamente, tachando los días en un calendario, rayando un muro marcan el tiempo”.

Raúl Artiles nos recuerda que todos hemos sido expulsados del paraíso. Pienso en cómo hace más de una década fui comisario de una exposición titulada Seducidos por el accidente, convencido de que hoy en día el bombardeo mediático hace que los accidentes y las catástrofes nos resulten más cercanos que nunca. Lo señalaba Octavio Paz hace casi treinta años: “el accidente no es una excepción ni una enfermedad de nuestros regímenes políticos; tampoco es un defecto corregible de nuestra civilización: es la consecuencia natural de nuestra ciencia, nuestra política y nuestra moral. El Accidente forma parte de nuestra idea del Progreso”. El arte nunca ha permanecido ajeno a ello, desde el accidente a modo de prevención moral en los tímpanos románicos hasta la crispación actual; pasando por fusilamientos, horrores, enanos, desayunos en la hierba y otras ‘desviaciones’ de la norma. En Raúl Artiles el accidente es el otro lugar, el espacio invisible que todos tenemos frente a nosotros. Todo puede ocurrir y la incertidumbre marca el transcurrir de nuestros días. Asumimos el accidente sin pensar que antes lo entendíamos como algo casual, algo que correspondía al estado de una cosa cuando no obedece a su esencia, es decir, cuando ve alterado su orden regular. Accidente se traduce como irregularidad, como síntoma, como alteración, como emergencia, como contratiempo, como percance, pero artistas como Raúl Artiles nos recuerdan que cuando llegamos el accidente ya estaba allí, latente, a modo de poema perdido.
Derrida señala cómo la ruina no sobreviene como un accidente a un monumento ayer intacto. Al comienzo, hay la ruina. La ruina es la experiencia misma, es una memoria abierta que heredamos, como la obra de Raúl Artiles. Porque heredar es, en cierto modo, hacer memoria, apuntando hacia algo que desborda el campo de lo conocido. Por eso cualquier respuesta es posible. Raúl Artiles responde dibujando, porque dibujar es algo físico y, en ese sentido, exporta una sensación de estar incompleto. Dibujar es la forma más sencilla y personal de fabricar una imagen. Por eso es un medio ideal para la crítica a cualquier forma de velocidad contemporánea. Podríamos pensar en cuántos artistas han borrado todo para tratar de volver a dibujar la historia. Buena terapia para corregir errores. Porque el dibujo se ha significado como refugio para narrar sin excesos algunos temas de actualidad, hasta el punto de tomar un lugar de privilegio ante la cultura espectáculo. De ahí que el sentido performático del dibujar provoque que cada dibujo sea un pasado y un presente, y cada imagen la construcción de una memoria. Lo advertimos en un extraordinario dibujante como William Kentridge, muy diferente a Artiles en sus resoluciones formales pero preocupado también de reivindicar la conciencia del presente desde el pasado, la condición de ‘otro’ en su propio país, lo irracional de toda explotación, la represión; en definitiva, capaz de analizar la recepción de la situación desde la perspectiva histórica. Como si sus dibujos fueran una escritura capaz de formalizar el pensamiento, de darle forma una vez borrado, Kentridge ingenia personajes que poco a poco toman consciencia de las injusticias, como si éstas se escondiesen para emerger finalmente no sin cierto esfuerzo. Para Kentridge, quien no recuerda su historia está condenado a repetirla. Y ese ejercicio de anamnesis se concentra en la tensión del dibujo, que en ocasiones declina en una emoción abstracta por ese carácter de magia e ilusión. El brazo y la mente, el dibujo como escritura de la memoria, tratan de poner freno a esa ceniza con forma de olvido. Pero también a una declaración dogmática, ya que Kentridge ni exalta ni condena. Por otro lado, Kentridge es claro: “Hice dibujos al carboncillo porque era un incompetente pintor al óleo. El borrado imperfecto, visible, que es tan importante en mis películas, no fue premeditado, sino el residuo de los intentos fallidos de lograr un borrado limpio. En todos los casos les correspondió a otros señalarme las virtudes o las posibilidades de estas debilidades. Estas torpezas, juntas, constituyen una especie de inteligencia de la ceguera".
Para este agujero negro no es baladí el hecho de que todo nazca de la técnica del dibujo. Al fin y al cabo, arar, cavar, dibujar o grabar son concepciones de una proximidad primigenia. Luis Seoane unía el gesto de arar la tierra con el de surcar una plancha de grabado, rasgando la superficie de la madera. Insisto. Se trata de grabar como labran los labradores, como dibujan los niños en los pupitres de las escuelas, expandiendo el dibujo por las paredes del museo. El campo de acción para acceder a estas obras está siempre en desplazamiento, en un plano dimensional que rechaza la primacía de cualquier punto de vista frontal al valorar todo a partir de relaciones de proporción. Raúl Artiles, como muchos otros artistas contemporáneos, se sitúa en la conocida premisa de Rosalind Krauss cuando afirma que a medida que la frontera entre lo de dentro (la pintura) y lo de fuera (el marco) empieza a desdibujarse y romperse, cabe la posibilidad de percibir hasta qué punto la "pintura como unidad" es una categoría artificial, construida sobre la base del deseo, muy similar a la "edición original". Se trata de especular, de construir la mirada. Es una pintura que se refleja, que se proyecta, en este caso, como nuestra negra sombra, como nuestra memoria.

Pienso que, independientemente de la serie que seleccionemos a lo largo de su trayectoria, la obra de Raúl Artiles encaja con la filosofía de Maurice Blanchot, que nos habla del tiempo de lo inaudito y lo impensable, de lo oscuro o, más concretamente, de la ausencia de tiempo o presente sin presencia. Lo advertimos en uno de los mejores trabajos del videoartista Gary Hill, Incidence of Catastrophe, centrado en el libro de Maurice Blanchot, Thomas the Obscure. En este Hill aborda el encuentro del cuerpo con la mente, con el lenguaje, con el significado; también lo que tiene sentido y lo que no lo tiene y la entropía. Hill toma la novela de Blanchot como base o pretexto para la reflexión entre lenguaje y sujeto, entre como éste último acaba siendo desbordado por el primero que lo arrastra como la fuerte corriente de agua que, por momentos, invade y ahoga las palabras, en correspondencia con la obra de Blanchot donde Thomas -representado por el propio Hill- se sumerge de manera agitada. Un Thomas atormentado, obsesionado con la lectura, acaba por perderse en esa suerte de deriva caótica que es el laberinto del lenguaje y se desploma hasta yacer desnudo en posición fetal, encogido sobre sus propios excrementos entre páginas que le dominan y conducen a la deriva definitiva. El texto domina, el discurso vence y se impone al sujeto. Como en los agresivos oleajes dibujados por Raúl Artiles todo se desborda, hasta el propio margen: todo es fragmento.

Lo que vemos es, por tanto, una interrupción de la realidad misma, de su tiempo, de su espacio. Las imágenes son fricciones, fisuras, como si asistiésemos a un pase de diapositivas. Lo señaló con acierto Moneiba Lemes a propósito de Raúl Artiles. Se trata de poder ubicarnos, de mirar a nuestro alrededor y ver que nos faltan las referencias, que el presente está en ruinas y se declina inestable, que vamos de un paisaje a otro como quien al escribir salta de página, sin llegar al fin. Algo así como en aquel poema de Rosalía de Castro, titulado Negra sombra, sombra que siempre me asombra, misteriosa, indeterminada, imposible de escapar.

Un agujero negro. Nada más.